El bastón
Con su inseparable bastón de madera, don Anastasio explicaba, a quienes le preguntaban, porque nunca se separaba de el:
- el amor por los bastones lo he heredado de mis abuelos, el bastón de mi abuela tenia el largo de una escoba y con su ayuda, ella brincaba zanjas y cercas, y no puedo recordar a mi padre sin su bastón café, era muy experto en el manejo del bastón. Parecía un artista o un mago, dibujaba con el, grandes figuras en el aire o lo hacia brincar delante de el sobre la acera. A veces cuando paseaba con mi madre y quería lucirse, lo balanceaba en un dedo para asombro de la gente, pero este bastón que me acompaña siempre me trae otra clase de recuerdos y les voy a contar la historia de cómo llego a mis manos.-
Una noche de invierno en que caía una fuerte tormenta con nieve, escuche que llamaban a mi puerta. Yo siempre dejo las luces encendidas, para que la noche no se me acerquen tanto a mi casa, me levante de mal humor para ver quien era, el viento era tan fuerte que me quito la puerta de la mano y la nieve entro al pasillo. Afuera estaba el viejecito José a quien reconocí enseguida, pasaba muy a menudo, siempre cuando tocaba, estiraba la mano para recibir una limosna. Yo solía darle unas monedas, y a veces un pedazo de pan o de salchichón, el nunca saludaba ni daba las gracias, solo me miraba con sus ojillos llorosos, sobre el hombro llevaba un bastón y de el colgaba un saco.
Pero lo que me dio rabia esa noche fue ver que sobre su cabeza calva había nieve, entonces cogí mi gorra de lana y se la puse. Lo vi tambalearse, pero se enderezo y se fue, me quede contemplándolo, pues se me vinieron a la mente las verdaderas obras buenas.
En aquel momento debí pensar que lo que el viejito necesitaba era un cuarto donde pasar la noche, y para ser franco, lo pense, en mi casa había un cuarto con una cama vacía. Había una mesa y una silla para la visita de deshoras, y el cuartito era caliente, verdaderamente caliente, también había una sopa en la cocina, un pedazo de pan con mantequilla y media botella de vino. Pero al mismo tiempo pense en mi casa limpia y me imagine al viejo entrando y dejando caer sus ropas sucias sobre el suelo para meterse, sucio cómo estaba y lleno de pulgas, entre las sabanas limpias. Entonces cerré la puerta de golpe para sacar todo el malestar, el frío y la tormenta de la casa.
Dos días más tarde me encontré con el sepulturero, quien me mostró un lindo bastón tallado en madera. Me pregunto si quería comprarlo, ya que era lo único que había dejado el viejo José, a quien acababa de sepultar. Le dije que si, cogí el bastón y le di unas monedas, luego le pregunte cómo había muerto el viejecito.
“no murió propiamente" me contesto " se congelo"
Le pague al sepulturero para que pusiera una cruz de madera sobre su tumba y me aleje pensando para mí mismo
“Quizás Dios pueda perdonarnos lo malo que hemos hecho, pero no nos perdonara lo bueno que no quisimos hacer"
(Relatado según texto del autor austríaco Waggerl)





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