Una historia de amor que bien pudiese ser el guion de cualquier película romántica.
El caballero conoció a una muchacha, desde ese instante, juró que seria su esposa.
Luego de varios coqueteos disimulados y como quien no quiere la cosa, un día domingo por la mañana después de la misa entablaron conversación en el atrio de la iglesia, Allí se reunía la gente a conversar sobre las novedades del pueblo y alguno que otro chisme.
Las cosas y tal como deben de ser en estos casos fluía por si sola. Así continuaron por varios domingos, todo parecía ir bien, hasta que llego el momento de formalizar el compromiso. La familia de la novia se opuso rotundamente a la unión.
Una costumbre de aquellos tiempos por aquellos lugares era “robarse a la novia” cuando la familia se oponía. (¿Se sigue dando hasta nuestros días?)
Por miedo a lo anterior la familia escondió a la dama, para cortar de raíz toda relación y así evitar un rapto atroz.
El caballero la buscó por todos lados, pregunto por ella, fue a la plaza a inquirir, revisó huertos, chozas abandonadas, montañas, fue al rio a buscarla debajo de las piedras y nada.
Eran los tiempos aquellos, los del conflicto armado. Entonces era obligatorio irle a alguno de los dos bandos. Al ejército o a la guerrilla.
Decepcionado y con el corazón roto decidió enrolarse en el ejército, así al menos entre las tareas rutinarias olvidaría la desdicha de aquel amor imposible.
Empaco sus cosas y fue a la casa de su mejor amigo a despedirse, a encargarle que si miraba a su amada le diera un recado. “Que la amaba con todo su corazón y que algún día volvería por ella”
El amigo estaba triste, nervioso, se movía de un lado para el otro, se quitaba el sombrero y lo agitaba para menguar el calor, sudaba a mares. Al fin con vos baja pronuncio “Esta escondida aquí, le encargaron a mis papas que no la dejaran salir y que no se te comentara nada a vos”
Curiosa y dichosa casualidad. Esas coincidencias son obras del mismo Dios.
El caballero sonrió y acordó con su amigo que por la noche llegaría a “robársela”. Que ejercito ni que nada, el amor estaba encerrado por cuatro paredes, esas paredes que cualquier temblor botaría, el temblor de lo posible.
Se presento a la noche y con sumo cuidado el amigo ayudo a hacer posible aquel amor.
Después de un beso apasionado, se alejaron. El trote del caballo hacia eco en aquella noche estrellada y fría. Aquella que se calentaba con el nuevo amor que nacía.
Hoy, muchos años después el caballero y la dama fallecieron, dejaron hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Soy su descendencia y con orgullo llevo su apellido.
Como dijera un miembro de “La banda del pickarro” “El nombre lo pueden escoger, un apellido se hereda”.
El tiempo pasa y hay que acostumbrarse a la muerte de seres queridos, esa trascendencia a la cual todos estamos destinados inevitablemente.
Cuesta aceptarlo pero la muerte es parte de la vida.





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