La violencia contra la mujer en sus distintas variantes es desde todo punto de vista condenable e intolerable.
Dos casos muy puntuales y mediáticos, Cristina Siekavizza y la Francesa Florence Denefle, ambas historias con finales trágicos.
Seguramente hay muchos cientos o miles de casos en nuestro país que nunca llegan a conocerse, simplemente por el hecho de ser gente “común y corriente”, mujeres sin apellidos extranjeros, cuyos apellidos son fáciles de pronunciar, mujeres anónimas cuyos casos no “venden” para los noticiarios y periódicos, mujeres sin amistades importantes, mujeres que parecieran no importarles a la sociedad.
Para que se de este tipo de violencia se necesitan un victimario y una victima, sin embargo ambos tienen su cuota de culpa y responsabilidad.
Volvamos a estos dos casos que se han convertido en bandera de la “agresión contra el sexo débil”.
Antes de la muerte de ambas, no existieron denuncias de agresión o maltrato, no existió una reacción personal de las victimas o de parte de sus familias o allegados de solucionar el problema, de enfrentarlo como se debe, denunciando en los órganos competentes y buscar ayuda psicológica, simplemente se acostumbraron a vivir de esa manera, convenciéndose a si mismos que eran problemas conyugales de rutina.
¡Culpa de todos, no solo de los malditos golpeadores!
Así es, cualquier tipo de excusa es valida, “por amor”, “por miedo”, “por no entrometerse” “por conveniencia”, “por guardar apariencias”, “inseguridades”, “celos” etc. Etc.
Lo cierto del caso es que hoy están fallecidas y los malditos culpables prófugos.
¡Bonito cuadro!
La violencia contra la mujer debe ser denunciada a tiempo, no hay que convertirse en testigo silencioso.
Conozco algunas parejas enfermizas, que pareciera les gusta vivir de esa manera, no conciben otro tipo de trato, creen y disfrutan el amor “apache” y aquello de “Quien te quiere te aporrea”.
Allí si, como diría mi abuelita “El que con su gusto muere, que lo entierren parado”





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